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Mi segunda "primera cita"

Mi segunda "primera cita"

Salir a cenar a nuestro restaurante favorito, ir al teatro a la obra de un amigo y reír juntos, ir al cumpleaños de una amiga o a bailar… Disfruto salir con mi esposo, tenemos mucho de qué conversar y siempre me sorprende con anécdotas interesantes. Nos llevamos muy bien y es divertido pasar con él. Como él dice: ¡Son esos momentos los que cuentan!

Cuando nació mi primera hija, ¡se nos llenó el corazón de amor! ¡Qué alegría tan grande tener a esa pequeñita ahora con nosotros para formar la familia que con tanta ilusión esperábamos! Los primeros meses si bien fueron hermosos, fueron también una “montaña rusa” de emociones, de aprendizajes y claro, de “malas noches” también. No obstante, teníamos entendido que era “parte de ser padres”.

Queríamos mantener nuestra dinámica de pareja, acoplándola ahora a nuestra nueva vida de padres. Aunque estábamos cansados, preparábamos nuestras “citas” en casa: una linda cena los dos, picaditas, o poníamos música para bailar. Sin embargo, mi hija tenía ya más de 1 año y nuestras “citas” seguían siendo interrumpidas cada 30 o 60 minutos para que yo vaya nuevamente a darle de lactar para que pueda volver a dormir. Me había de cierta manera “acostumbrado” a esta dinámica: despertarme cada hora (¡o menos!) para ayudar a mi hija a conciliar el sueño nuevamente.

Sin embargo, el cansancio se acumulaba cada vez más y esto ya estaba cobrando factura. Si bien, como padres estamos dispuestos a realizar cualquier sacrificio por nuestros hijos, también es necesidad de los adultos poder dormir lo necesario, para poder recuperar nuestras energías y funcionar bien en el día. El tener noches tan cortadas durante meses y meses, estaba afectando bastante a mi salud, me sentía agotada y sin energía para empezar el día. Mi desempeño y concentración no era el mismo. Y, ¿por qué negarlo?: ya se estaban afectando mi humor, mi estado de ánimo y ¡mi paciencia! Y con esto, mis relaciones interpersonales. Quería con todas mis fuerzas estar de buen ánimo y tener la energía para compartir esos momentos con mi esposo. Pero, al llegar la noche, lo único que cruzaba por mi mente era cuántas horas (¡o minutos!) me quedaban para dormir… Recordando esto, me identifico con lo que hace poco una querida amiga con la que trabajamos, me comentaba: “¡Lo único que pienso todo el día es en dormir!” Así me sentía yo.

De todas maneras, igual compartía con mi esposo y con mi hija… pero debo confesar: ¡quería tanto poder descansar mejor para poderlos disfrutar al 100%! Me estremecía de frustración cada vez que alguien me preguntaba: “Y, ¿cómo está durmiendo Olivia?”. Mi respuesta ya era el silencio. Otras veces, la línea que me descomponía un poco era: “Es el cumpleaños de tal amigo el viernes de noche. ¿Vamos?”. Mi última prioridad era salir a la noche. Mi cabeza solo calculaba que tendría menos horas para dormir. Además, sabía que no iba a disfrutar nada, pensando angustiada en que mi bebé se despertaría ¡cada hora!

Recuerdo esta noche como si fuera ayer: era diciembre. Habíamos organizado una cena de navidad con unas amigas muy queridas. Había dejado a mi bebé bien comida, puesta la pijama, acostada en su cuna… ¡dormida! Me alisté, tenía mucho sueño, sin embargo, tenía ganas de ver a mis amigas y pasar lindo esa noche con ellas. Yo llevaba el postre esa vez. Ni bien llegué, me senté a la mesa, me serví mi plato… vi una llamada de mi esposo. Creo que es el hombre más paciente y tranquilo que conozco. Pero esa noche me pidió que por favor regrese: mi bebé no podía dormir y él no podía hacer nada para calmarla. Allí quedaron mi postre y mi regalo de “amiga secreta”.

Tiempo después, mi hermana nos invitó a pasar unos días en Puerto López. Me encantaba la idea de que mi hija disfrutara del mar y gozara con la arena. ¡Disfrutó muchísimo la playa! Sin embargo, al estar allá, ¡mis noches fueron agotadoras! Incluso llevamos su corral, con la ilusión de que durmiera allí. Pero al final, no fue posible... la tuve en mis brazos, sentada, ayudándole a dormir la noche entera. No compartí tiempo más allá de las 7 pm con mi hermana, mi cuñado, y mi esposo. A esa hora iba al cuarto a acostar a mi hija y yo caía rendida a su lado. Sabía que algo había que hacer….

Pasaron meses… y las cosas no cambiaban. Quería que la situación mejorara, pero no sabía cómo empezar. Ni mi hija, ni nosotros estábamos descansando bien y eso no estaba funcionando. Investigué bastante, pedí ayuda y consejo a muchas personas. Las recomendaciones iban de extremo a extremo. Me sentía confundida y abrumada. Finalmente, encontré la ayuda que necesitaba. El Programa Sleep Sense de EEUU concordaba con mi sentir como madre y como psicóloga. Logramos realizar los ajustes y cambios en nuestra dinámica que dieron como resultado que mi hija mejore sus hábitos de sueño, tenga sus propias estrategias para dormir y logre descansar toda la noche tranquilamente. Literalmente, ¡nos cambió la vida!

Más adelante, fui a entrenarme y obtener la certificación en el Programa para poder ayudar a más familias en este tema tan importante. Se complementaba perfectamente con mi formación y experiencia en Psicología, Educación y trabajo con niños y familias. 

Un tiempo después volvimos a visitar a mi hermana a la playa de Puerto López. Como buena madrina de mi hija, mi hermana se ofreció a cuidarla mientras mi esposo y yo salíamos a cenar juntos (¡a los años!). –“No te preocupes!”- me dijo. Era la primera noche que encargábamos a mi bebé en su vida. ¿Tenía nervios? Sí, como cualquier mamá que deja a su bebé por unas horas por primera vez. Pero, lo mejor era que ¡ya no sentía angustia! Angustia de que mi bebé se despertaría cada hora y que no podría volver a dormir sin mi, angustia de ver mi celular cada 10 minutos para recibir una llamada o un mensaje de mi hermana para pedirme que vuelva porque mi hija lloraba, angustia de ver mi reloj y contar cuántas horas se me estaban restando a mi descanso… ¡Esa noche comimos delicioso! Una pasta italiana espectacular, con una copa de vino muy merecida. Todo mientras compartimos como siempre amenas conversaciones y bromas con mi esposo… ¡Habíamos vuelto a tener una cita!  

Cuando converso ahora con padres en mi consulta, solemos topar el tema de la importancia de compartir en pareja. No solo para el matrimonio, sino también por nuestros hijos. No es necesario salir de casa para tener una cita, pero sí es importante tener ese tiempo (¡y que sea de calidad!) para seguir fortaleciendo nuestra relación. Así sean unos momentos al final del día para conversar cómo estuvo nuestra jornada, reír de las nuevas gracias de nuestros hijos, ver un programa de tele juntos y tal vez sí salir y encargar a nuestros pequeños con la tranquilidad de que van a continuar durmiendo hasta que volvamos.

He tenido casos en los que por “acoplarse” a la situación y de alguna manera sobrellevarla, los padres han recurrido a dormir en cuartos separados, o turnarse una noche cada uno para dormir con sus hijos para que el otro descanse. Me han contado cómo esto sin querer ha contribuido a alejar a la pareja, en lugar de acercarla.

Es tan importante cuidar tanto de nuestros hijos, como de la pareja y de uno mismo. Para que nuestros bebés estén bien, ¡nosotros también debemos estar bien! Una familia feliz comienza con un matrimonio fuerte. No descuidemos nuestra vida de pareja. Nuestros hijos se sentirán seguros, tranquilos y felices al ver la unión de papá y mamá.

Es posible realizar algunos cambios a la dinámica de la hora de dormir de la familia para poder recuperar momentos juntos y que nuestros niños duerman mejor. No olvidemos que para que funcione, el trabajo debe ser en equipo.

Yo lo he vivido. Ahora que nació mi segunda bebé, y al conocer más sobre el sueño de los niños y cómo ayudarles a tener buenos hábitos, es otro el escenario. Mi segunda hija ha venido a completar nuestra familia y llenarnos de besos, “bravos” y risas. Nos encanta verlas entretenerse juntas. Nos encanta ahora ser 4. Para mi esposo y para mí, fue fantástico de verdad poder volver a tener una “Segunda primera cita”.

 

Dani Vásquez

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